Entendiendo las olas de frío en escenarios de cambio climático


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La nieve y el hielo han colapsado ciudades y pueblos de todo el centro peninsular. La borrasca Filomena ha conseguido que el 2021 empiece con una de las olas de frío más severas de las últimas décadas. Ante imágenes de mantos blancos que cubren las calles españolas, poco acostumbradas a ello, han resurgido los discursos que cuestionan la emergencia climática. Hablamos con Fernando Valladares, profesor de investigación en el Departamento de Biogeografía y Cambio Global de Museo Nacional de Ciencias Naturales del CSIC, sobre la otra cara del calentamiento del planeta y el cambio climático: las olas de frío.


Diferentes usuarios de las redes sociales –incluso estrellas mediáticas y cargos públicos– cuestionaban de manera más o menos velada o jocosa el cambio climático debido al temporal. ¿Se ha hecho suficiente pedagogía para que los ciudadanos diferencien tiempo y clima?

A juzgar por lo que estamos leyendo y escuchando estos días de frío intenso, la respuesta es, claramente, no. Hace ahora casi catorce años desde que el catedrático de la Facultad de Física de la Universidad de Sevilla José Javier Brey Abalo, más conocido como «el primo de Rajoy», cuestionara el cambio climático al indicar que somos incapaces de predecir el tiempo que hará mañana y, por tanto, aún más incapaces de saber el que hará dentro de veinte o treinta años. Aquello ya demostró la gran confusión que implica asumir tiempo y clima como sinónimos, solo que en aquel entonces aquella confusión llegó a influir ni más ni menos que al mismísimo presidente del Gobierno de España, quien por suerte cambiaría de opinión ocho años más tarde en la crucial cumbre de París sobre cambio climático. Se trata de un caso de banalización de las diferencias entre conceptos sin ser conscientes de que estas no son solo semánticas. La diferencia entre tiempo y clima tiene profundas implicaciones y delicadas consecuencias. En breve, mientras tiempo –atmosférico– alude a unas condiciones meteorológicas concretas en un momento o en un periodo corto y determinado, el clima alude a las condiciones meteorológicas habituales o promedio. Es perfectamente compatible un tiempo seco con un clima húmedo, o un episodio de frío extremo con una situación de calentamiento global como lo que ocurre con el cambio climático y la tormenta Filomena. Más allá de que la diferencia entre tiempo y clima cale entre autoridades y personas destacadas, es importante que la ciudadanía comprenda la diferencia y pueda corregir o censurar al ignorante o al provocador.

«Mucha gente se ha instalado en una ficción que cree real alimentada por bulos y falsedades»

Las olas de calor han aumentado en número e intensidad en los últimos años: desde 1975, en España se han registrado 62 de estos fenómenos y 23 de ellos se han producido en esta última década. Por su parte, las olas de frío son cada vez más intensas. ¿Cómo combinan el frío y los fenómenos meteorológicos extremos y el aumento de la temperatura planetaria?

Hay varios procesos atmosféricos que generan olas de frío en nuestras regiones templadas y muchos de ellos están influidos por el calentamiento global. Por ejemplo, el calentamiento trae consigo un debilitamiento de la corriente en chorro, es decir, esa corriente de aire que se da en la estratosfera, circulando longitudinalmente de oeste a este en el hemisferio norte y que separa las regiones polares de las templadas. Una corriente en chorro más débil favorece la formación de vaguadas o áreas anticiclónicas que se forman debido al ascenso de aire cálido y húmedo. De esta forma, grandes masas de aire frío provenientes del norte entran en contacto con masas de aire cálido y húmedo del sur, y como resultado se tiene una combinación de temperaturas inusualmente bajas y una gran precipitación en forma de lluvia o nieve. Sabemos también que otro proceso relacionado con el cambio climático puede traernos frío: el llamado calentamiento súbito de la estratosfera –como el ocurrido a principios de 2021 y que llevó a que ciertas zonas de la atmósfera a más de 10 kilómetros de altura sobre el polo Norte pasaran de estar a -70ºC (temperatura normal) a -20ºC (anomalía cálida de 50ºC)– generó el movimiento a gran escala de masas de aire muy frío hacia el centro y el sur de Europa. Estos calentamientos súbitos de las capas altas de la atmósfera pueden generar la ruptura del vértice polar y ello suele traer consigo vientos helados en zonas templadas como ya ocurriera en 2012 y 2018, y como podría ocurrir ahora otra vez.

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Filomena ha conseguido que el termómetro caiga en toda la península, con ese récord de temperatura mínima de -35,6ºC en Vega de Liordes (León). Sin embargo, en verano, durante una de las olas de calor vividas en nuestro país, la estación de Hondarribia-Malkarroa (aeropuerto de Donosti) alcanzaba el récord de 42,2ºC. ¿Será este el futuro de nuestro país: calor asfixiante en verano y frío siberiano en invierno?

No exactamente, pero sí que tenemos que esperar una mayor variabilidad climática. Los valores extremos e inusuales se harán más frecuentes, viviremos un clima oscilante entre frío y calor, sequía y grandes lluvias o nevadas. La variabilidad afectará no solo a unos años respecto a otros, sino que ocurrirá a escalas de tiempo más cortas, de meses o semanas, con lo que dentro de una estación del año iremos experimentando periodos cada vez más contrastados de temperaturas, vientos y precipitaciones. Esto es lo que trae consigo el cambio climático y no solo un gradual incremento de la temperatura media.

No estábamos preparados porque una tormenta como esta no es habitual. Sin embargo, si el cambio climático traerá un escenario donde serán más probables, ¿hay que incluir el frío extremo en los planes de mitigación de nuestras ciudades, que ya han comenzado a incluir el calor en ellos?

En realidad, tendríamos que hablar de planes de adaptación. Es mucho lo que puede y debe hacerse para lidiar mejor con un clima diferente y cambiante. Lo hemos visto con las olas de calor, que ya no nos afectan tanto a pesar de ser cada vez más intensas, porque estamos mejor preparados. Lo mismo debe ocurrir ante las olas de frío: vendrán olas cada vez más intensas y hay que ir transformando las ciudades, nuestras hábitos e infraestructuras para que no suframos tanto las consecuencias. Por supuesto, en paralelo, hay que poner en práctica todas las medidas posibles para mitigar el cambio climático y reducir emisiones, en esencia. Eso hará que, a largo plazo, los eventos climáticos extremos vuelvan a las frecuencias e intensidades más bajas que caracterizaban las décadas anteriores.

«Viviremos un clima oscilante entre frío y calor, sequía y grandes lluvias o nevadas»

La zona central de la península se ha visto colapsada en cuestión de horas por la nieve. ¿Se podría haber previsto mejor? ¿Cómo pueden enfrentarse las grandes ciudades y pequeños núcleos a futuros fenómenos como Filomena?

Podemos aprender mucho de las zonas como Canadá o Escandinavia, que las sufren con frecuencia todos los años. El diseño de las aceras, la red de transporte, el arbolado urbano, las alternativas de transporte y suministro de bienes, alimentos y materiales, las prácticas domésticas más seguras en condiciones de frío intenso… todo esto requiere de bastante tiempo de programar, planificar, ejecutar y también de explicar y concienciar a la población, por lo que no se puede esperar a una nueva Filomena para empezar. Hay que iniciar cambios ya, pues no sabemos cuándo exactamente vendrá la próxima ola de frío. Sabemos que vendrá, y antes de lo que nos gustaría.

Ya no solamente por el negacionismo climático del que hablábamos antes, las redes incluso han alumbrado conspiraciones sobre que la nieve es, en realidad, plástico. ¿Qué podemos hacer con estas actitudes?

Las redes suponen un gran riesgo de vivir una realidad paralela. Hay mucha gente que se ha instalado en una ficción que cree real y que es alimentada constantemente por bulos y falsedades de todo tipo. Debemos generar un espíritu crítico ante la información, de manera que todos nos planteemos la veracidad y el origen de la que nos llega. Solo podemos hacer dos cosas: contrarrestar la desinformación y los bulos con información veraz y solvente que siempre muestre el origen de la misma; y favorecer una actitud crítica y racional que haga buscar fuentes contrastadas y fiables y que permita descartar la opinión infundada y la información errónea o, incluso, malintencionada.

Este texto se basa en una entrevista realizada a Fernando Valladares por Raquel Nogueira y se ha publicado en Ethic el 13 de Enero de 2021 con el título «NO SABEMOS CUÁNDO VENDRÁ LA PRÓXIMA OLA DE FRÍO, PERO LO HARÁ»,

La tormenta Filomena, un pantallazo de clima extremo que debe hacernos reaccionar

Se tiende a asociar el cambio climático con las olas de calor, olvidando que el cambio del clima resulta en una sucesión de fenómenos meteorológicos extremos de características distintas


Madrid se enfrenta a una ola de frío extremo tras el paso de Filomena


Este texto es reproducción del artículo Filomena, una cara más del cambio climático, por FERNANDO VALLADARES|CARLOS MATAIX|CRISTINA MONGE, publicado el 10 de Enero de 2021 en El País

Hace ahora dos años, ante una de esas grandes nevadas que asolan de vez en cuando Estados Unidos, Donald Trump se preguntaba: ¿Dónde está el cambio climático cuando se le necesita? No es de extrañar que alguien de su naturaleza no alcanzase a verlo. Ese año marcó récords de huracanes en el Atlántico, de intensidad superior a la habitual, se dio el mayor número de tormentas simultáneas, se marcó la más alta temperatura absoluta del aire jamás medida (54,6), e incluso se vivieron un par de medicanes, es decir, huracanes mediterráneos, fenómenos climáticos absolutamente inusuales. Trump, con su ignorancia, hubiera necesitado tener a alguien cerca que, parafraseando al asesor de Clinton, le hubiera espetado: ¡Es el cambio climático, estúpido!

En España, hace casi un año mirábamos atónitos cómo desaparecía el delta del Ebro bajo la furia de la borrasca Gloria, el temporal más duro que han sufrido España y el sur de Francia en los últimos cuarenta años. Ahora, Filomena está dejando las mayores nevadas registradas en la Península durante el último medio siglo y ha pulverizado el récord de temperatura mínima con -35,6 en Vega de Liordes, León. Ambas tormentas son manifestaciones de un clima extremo e inestable que está batiendo récords cada vez más deprisa.

Pese a estas evidencias, se tiende a asociar el cambio climático con las olas de calor, olvidando que el cambio del clima resulta en una sucesión de fenómenos meteorológicos extremos de características distintas: olas de frío, de calor, huracanes, etc.

¿Cómo combinan frío extremo y calor creciente? La conexión no es directa, pero es indudable. El calentamiento trae consigo un debilitamiento de la “corriente en chorro”, esa corriente de aire que se da en la estratosfera y permite separar las regiones polares de las templadas. Dicho debilitamiento favorece la formación de “vaguadas”, áreas anticiclónicas que se forman debido al ascenso de aire cálido y húmedo. De esta forma, grandes masas de aire frío provenientes del norte entran en contacto con masas de aire cálido y húmedo provenientes del sur. Por un lado se obtienen récords de bajas temperaturas provocados directamente por ese aire frío que cada vez llega a latitudes más sureñas, y, por otro, se obtienen precipitaciones históricas, en forma de lluvia o de nieve.

No tenemos aún certeza estadística para afirmar que la frecuencia de olas de frío ha aumentado, pero sí su crudeza. Es muy probable que a medida que se reúnan series temporales más largas, vayamos comprobando también cambios en la frecuencia de olas y temporales de frío en el Hemisferio Norte. Algo así ocurrió en las últimas décadas con los huracanes. Hace veinte años, lo que sabíamos de su conexión con el cambio climático era débil debido a la fuerte variabilidad interanual del clima, pero a medida que se fueron obteniendo más datos, la conexión se confirmó.

No deberíamos distraernos mucho esperando más información. Herbert Simon, Premio Nobel de Economía en 1978, explicó magistralmente cómo la racionalidad de muchas de las decisiones que afectan a nuestra vida es siempre limitada, tanto por factores psicológicos como por la falta de disponibilidad de información perfecta. Sin embargo, eso no nos impide actuar.

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Efectos del temporal Filomena en Talamanca del Jarama, Madrid.J.J.GUILLEN / EFE


Los efectos del cambio climático y de la destrucción de nuestros ecosistemas tienen mucha inercia: persisten durante un largo período de tiempo aunque cesen las causas que los originaron. Los próximos años tendremos que resistir los golpes de nuevas filomenas, que afectarán seriamente a nuestra seguridad y nuestra economía. Necesitamos aumentar la inversión para adaptarnos a este nuevo entorno a la par que construir un modelo más sostenible. El programa Next Generation puede ser la gran oportunidad.

Aunque falta mucho por conocer, las evidencias son lo suficientemente contundentes como para no dilatar las decisiones ni las inversiones. Los informes que han alertado sobre las consecuencias de traspasar los límites del planeta parecen el guion de una serie distópica que estos días estrena un nuevo capítulo rodado en las calles de muchas ciudades españolas.

No es solo una cuestión de voluntad política. La transformación para llegar a un acuerdo de paz con nuestro planeta, como días atrás propusiera el Secretario General de la ONU, requiere un enorme esfuerzo de colaboración pública, privada y social. En estos últimos meses hemos aprendido mucho de misiones colectivas que nos obligan a ir al límite de lo posible, como el desarrollo de la vacuna. Cuando junto a la urgencia, creamos el estímulo y las condiciones para cooperar entre saberes, organizaciones y países, tenemos una gran capacidad para escribir el guion de nuestro futuro.

Fernando Valladares es científico del CSIC y profesor asociado de la Universidad Rey Juan Carlos. Carlos Mataix es profesor titular de la Universidad Politécnica de Madrid, y director del itdUPM. Cristina Monge es politóloga, profesora de sociología Universidad de Zaragoza.[/PIEPAG-TRIB]

Análisis de 2020, un año terrible que no podemos olvidar

El año 2020 no será fácil de olvidar… Por muchas razones… Y casi todas ligadas a nuestra salud, nuestro bienestar, nuestra propia supervivencia… y ligadas al medio ambiente. Fijémonos en 7 aspectos históricos que hacen de 2020 un año a tener muy presente.

1- 2020 mas masa de objetos y productos humanos que biomasa, justo este año se cruza el valor de referencia y la biosfera alberga mas antopomasa que biomasa.

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2- por supuesto, 2020 es el año de la COVID 19,la mayor pandemia desde la gripe española 1,8 millones de fallecimientos


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3-la Covid no vino sola, el cambio climático estaba antes y seguirá cuando la pandemia sea por fin controlada. Como prueba y recordatorio: se registró en 2020 el  record absoluto de temperatura (54,4 C) en California, el 16 de agosto, estamos en la década más cálida de la historia, y 2020 el segundo año más cálido empatado con 2019.

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4- Vivimos incendios descomunales, resultado de clima extremo y acumulación de combustible, empezamos en Australia con cenizas globales, seguimos con los incendios zombies de Siberia, los de Amazonas en una de las temporadas mas terribles que se han registrado con 2,5 millones de hectáreas quemadas… se despide con los incendios de California con imágenes inolvidables de cielos rojos en san Francisco

5- Hemos sufrido una temporada récord de huracanes en el atlántico con la mayor actividad registrada nunca (31 ciclones y 30 tormentas con nombre y 19 huracanes), y por primera vez varios medicanes o huracanes mediterráneos recorrieron esta región del planeta

6- Los suelos helados del ártico se descongelaron más rápido que nunca, y el ártico tardó mes y medio más de la habitual en re-congelarse tras el verano

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7- 2020 es un antes y un después en la transformación global de la energía y la respuesta a la crisis climática. Probablemente el pico de la demanda de petróleo se haya producido en 2019, pero en 2020 paises que representan el 70 por cien del PIB mundial han expresado su voluntad de alcanzar la neutralidad climática en 2050-2060.


Mientras todo esto ocurre, la cumbre anual de clima que debía celebrarse en 2020, la COP 26 de Glasgow, se traslada a 2021. Y mientras todo esto ocurre, me diagnostican un linfoma grave e incurable y mi pequeño universo se tambalea… Paso por un calvario de semanas de hospital, quimioterapias y trasplante de medula. Pero gracias a la mucha gente buena que hay en el mundo, desde familia a médicos, desde amigos a colegas científicos o compañeros de las cometas o del deporte, mantengo el rumbo, la motivación, el foco… incluso mantengo el sentido del humor y hasta el peso corporal!

Mis penas quedan empequeñecidas en un 2020 en el que la humanidad sufre… tiemblo al ver como la pandemia y el CC golpean con especial rudeza a los más pobres, cuando veo la indefensión de los migrantes, los campos de refugiados asediados a la vez por el cambio climático, las guerras y la pandemia… cuando veo a Centroamérica devastada por un huracán tras otro, los deltas de muchos ríos que con sus gentes son devorados por mares embravecidos…

Mi salud amenazada me hace doblemente sensible a las amenazas que se ciernen sobre la salud de la humanidad, una salud estrechamente relacionada con la salud de los ecosistemas, con la salud de la biosfera… y todo ello le da un nuevo sentido a mi canal de La salud de Humanidad, a mi esfuerzo por divulgar y comunicar la ciencia… Como muchos otros científicos no puedo permanecer impasible ante la degradación ambiental y el rumbo de colisión que lleva nuestra sociedad. En octubre de 2019 doy un pase mas e inicio mis canales de la salud de la humanidad en Instagram y Youtube. Pero, ¿quien podía imaginar lo que iba a suceder con la salud de la humanidad en 2020?

41 - 2020 el año en el que tembló la salud de la humanidad

Recobro ánimos para revisar la evidencia científica tras los impactos y sus causas… y sus soluciones. Analizo y debato con todo tipo de especialistas sobre la triple crisis ambiental: cambio climatico+pérdida de biodiversidad y pandemias +contaminación. En los Y disfruto al máximo de encuentros improbables, que el confinamiento hace mas probables… y me veo reunido con directores de cine, guionistas, catedráticos, economistas, ciclistas profesionales, filósofos, artistas, virólogos, tecnólogos… Disfruto de un universo de conocimiento que alumbra soluciones impensables.

Al acabar 2020 tenemos por fin una vacuna contra la covid 19, que se suma a la autentica vacuna preventiva, la de la biodiversidad… una vacuna obtenida en tiempo récord en un año de récords y que nos habla de que es mucho lo que podemos hacer. Se pone fin, por fin, a la era Trump, y los populismos sin base científica quedan un poco mas arrinconados. Por mi parte recupero mi salud y me sintonizo con una nueva vida que aprendo a valorar como lo que es, algo único!

Mis canales de la salud de la Humanidad en las redes y mi web valladares.info tienen mucho éxito, uno de mis videos sobre la pandemia se hace viral, soy trending topic en Abril, y la asociación de periodistas ambientales me concede el premio VIA APIA 2020 a la transparencia informativa.  Mi faceta científica también avanza, con la distinción Ecosistemas-Luis Balaguer 2020 otorgada por la AEET, y con un artículo en la revista Science que sale en la portada y que es ampliamente recogido en la prensa internacional como el New York Times.

Europa ensaya un Pacto Verde, un Green Deal, un acuerdo sobre la importancia de salir de la crisis sanitaria, ambiental y económica de 2020 en clave de sostenibilidad… Se trata de un fondo de recuperación europeo con cantidades multimillonarias también de récord, y con un sello verde apoyado incluso por partidos y opciones políticas normalmente alejados del ambientalismo. En España se avanza en una transición ecológica con énfasis en el largo plazo, con visión de décadas, algo tan imprescindible como impensable en agendas típicamente cortoplacistas. Los mares pasan de ser tan solo la diana del cambio climático, la sobrexplotación y la contaminación, a ser una motivadora fuente de soluciones

No todo es un baño de buenas noticias… el camino es largo y duro, hay mucho trabajo y muchos ajustes que hacer… empezando por las fuertes contradicciones de querer mantener un sistema socioeconómico que no es compatible con la salud de la humanidad.

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Hay científicos que hablan, que hablamos, de colisión y colapso. De hecho, hay toda una línea de trabajo sobre colapsología que analiza las circunstancias  históricas y ambientales de las colapsos sufridos por las distintas civilizaciones humanas. Se habla de adaptación profunda, de cambios radicales… La verdad es que tenemos el conocimiento, pero nos falta madurez social y valentía colectiva. Nadie quiere repetir un 2020. Para evitarlo hay mucho que hacer, revisar, pensar y decidir… Pero me caben pocas dudas de que vamos a ser capaces de encarrilar esta segunda década del siglo XXI.

2020 nos ha forzado a una reflexión ambiental profunda

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Este texto está extraído de la entrevista que Miriam Leirós me hizo para El Asombrario y que se publicó el 28 de diciembre de 2021. El texto original se puede ver aquí: https://elasombrario.com/2020-ano-espejo-propias-lagunas/

Global frente a local en la gestión de la crisis ambiental

Llevamos 30 años sobrevalorando la globalidad, la importancia de alcanzar acuerdos globales, desde la Cumbre de Río de 1972, pero la especie humana aún no está bien adaptada para alcanzar una gobernanza global. De hecho, con la pandemia vemos que somos bastante mediocres en gobernanzas nacionales e incluso regionales. Se nos han ido tres décadas cruciales, con avances muy modestos en protección y conservación de la naturaleza y en mitigación del cambio climático. Ahora nos estamos dando cuenta, otra vez, de la importancia de lo local, que es donde realmente sabemos movernos. Y tenemos que avanzar en la coordinación de lo local para que alcancemos respuestas globales. No digo abandonar cumbres planetarias del clima o de la biodiversidad, ni estrategias ni acuerdos internacionales. Son imprescindibles. Pero son insuficientes y van demasiado despacio. Digo que hay que moverse a más ritmo, y esa velocidad mayor hoy por hoy solo podemos alcanzarla en agendas locales. Coordinadas, pero locales. Por ahí irían mis medidas urgentes. Por coordinar lo que ya se hace a nivel local. Por sacar partido y por poner en el punto de mira de la motivación la acción local. Por sentirnos todos más útiles en esta batalla global contra enemigos que hemos creado nosotros, pero que no vemos hasta que nos golpean en forma de pandemias, huracanes o mares repletos de plásticos.

Consejos ambientales, recetas, información científica…

La verdad es que me encanta el desafío de darle vueltas a las cosas para contarlas de otra forma, más intuitiva, más didáctica, más breve… Me desayuno cada día con un artículo científico o dos que me llevan un rato desmenuzar, desmontar, elegir las piezas esenciales, buscar nuevas palabras y reconstruirlos en un tuit o en una infografía para Instagram. Me obliga a entenderlo muy bien y me desafía a la hora de la economía de términos y conceptos. Quiero pensar que todo el mundo disfruta entendiendo las cosas. Y si se lo ponemos fácil a la gente para que entienda bien los problemas que subyacen a las crisis que sufrimos, logramos que disfruten aprendiendo, pero también les damos herramientas para ser parte del cambio. ¡Un auténtico dos en uno!

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Extraído del calendario para 2021 de Mar Ferrero, lleno de consejos practicos y presentados de forma clara y entrañable. Lo puedes descargar aquí: http://marferrero.com/?p=512 

La sociedad tiene mucho que hacer. Lo podemos ver como un peso que recae sobre sus hombros o como un desafío o incluso como una oportunidad de hacer historia. El papel de la sociedad ahora es clave, insustituible y urgente. La sociedad ya hace mucho entendiendo y queriendo entender. Conexiones, prioridades, mecanismos, procesos. Lo que nos está ocurriendo es complejo. Necesitamos una sociedad que quiera entenderlo, que yo creo que con eso podemos contar, y también una sociedad que pueda entenderlo, y en eso hay bastante en lo que podemos ayudar los científicos, los docentes y los profesionales de la comunicación. Cuando la sociedad vaya entendiendo qué pasa y por qué pasa, ya irá viendo las cosas concretas por las que hay que ir empezando. No soy partidario de dar listas de cosas que hacer. Creo que hay que ayudar a que cada uno las hagamos personalmente. Dar una lista es como un profesor que ponga ejercicios a los chicos y chicas para que aprendan y se los dé ya resueltos, con la solución y los pasos a seguir y toda la información necesaria. Eso resta participación y se aprende menos que si uno se esfuerza en entender, elabora su lista y luego la contrasta con otras listas y la mejora.

Trabajando ante la frustración

Hace tiempo, cuando me propuse cambiar el mundo, me preparé para la frustración porque sabía que sería cuando menos improbable que lograra cambiarlo, al menos en cosa de unos pocos años. Una fórmula que me ha dado resultados excelentes es hacer las cosas por coherencia interna. Por el simple hecho de que hay que hacerlas. Cuando te ves haciendo algo porque crees que hay que hacerlo, eres inmune a la frustración. Cuando haces las cosas pensando solo en conseguir objetivos, pones tu felicidad y tu motivación en las manos de otros. Y eso te expone innecesariamente. Por eso creo que el excesivo énfasis en lograr objetivos en el caso de muchas empresas y del propio sistema social e incluso el sistema docente, durante la formación de las nuevas generaciones, genera gente frustrada o insatisfecha. Por supuesto que hay que ponerse objetivos, pero no cegarnos con ellos. Poner el foco en el centro de gravedad de uno mismo, revisar que uno hace lo que debe hacer, genera satisifacción y estabilidad emocional.

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Pero es evidente que me frustra que no se alcancen los cambios que propongo; bueno, cambios que proponemos muchos, en general la comunidad científica y mucha gente bien informada y mejor intencionada que hay en el planeta. Estar todo el día rodeado de malas noticias y de equivocaciones, decisiones egoístas y cortoplacistas que estropean la labor colectiva de años o siglos entristece cuando menos. Pero seguir cada día revisando información que merece ser contada me entretiene y me recarga de motivación. Salir de la frustración requiere terapia y esfuerzo. De momento me voy bastando yo mismo, con mi familia, amigos y colegas más cercanos para neutralizar los malos ratos y las dudas. Y por cada negacionista o por cada hatter o troll hay cinco buenas personas que te alegran el día.

Migrantes climáticos, injusticia, desigualdad… pero a pesar de ello hay luz al final del túnel

Estoy totalmente de acuerdo contigo en esa tremenda injusticia múltiple que cometemos con los migrantes climáticos. Normalmente viven en países que apenas han contribuido a la emisión de gases de efecto invernadero, pero el cambio climático les obliga a abandonar lo que más quieren: su país y su familia y amigos. Y luego no los aceptamos, les ponemos vallas y todo tipo de obstáculos legales. Y a los que logran pasarlos todos, les regalamos una horrible discriminación social. Es increíble. Cuando empecé a hablar de migrantes climáticos en mis charlas de cambio climático hace 15 años me decían de todo. Desde que ideologizo o politizo mi mensaje hasta que no estaba demostrada ninguna conexión con el clima. El tiempo, por desgracia, ha ido poniendo las cosas en su sitio y no andaba yo muy desencaminado.

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Cada día busco formas nuevas de provocar reacciones en la sociedad ante la injusticia y ante los problemas medioambientales. La pandemia nos ha dado todo un repertorio de argumentos, principalmente relacionados con la salud. Cuando puse el nombre de La salud de la Humanidad a mis canales en YouTube o Instagram, muchos pensaron que era exagerado. Luego vino la pandemia y con artículos científicos en la mano vimos que de lo que estamos hablando es de la salud de la humanidad cuando hablamos del cambio climático y del origen de las pandemias, y que la salud de la humanidad y la de los ecosistemas están estrechamente vinculadas porque se rigen por los mismos principios y se necesitan mutuamente. Hablar de eso no es catastrófico ni apocalíptico. Es como hablar con tu médico si tienes un problema de diabetes o de cáncer o de lo que sea. Es grave. Hay conocimiento. Hay opciones. Pero hay que ponerse serios. Creo que se puede hablar de cambio climático y de crisis ambiental y de riesgo de pandemias poniéndose serios pero sin caer en el catastrofismo. Y hay luz al final del túnel. Hay opciones, requieren esfuerzo, pero las hay. Y tenemos mucho que ganar en el proceso.


La clave está en la educación, sobre todo en la de los más jóvenes

El sistema educativo de nuestro país tiene muchas asignaturas pendientes. Yo no soy ningún experto, pero leemos las estadísticas de nuestros chicos y chicas, les oímos sus reflexiones, vemos a los que tienen ocasión de conocer los sistemas de otros países anglosajones, del norte de Europa o incluso de Asia… hay muchas cosas que cambiar y modernizar. La grandísima paradoja es que España fue líder mundial en su modelo docente de principios del siglo XX, para caer a la cola del mundo a finales del mismo siglo. Una auténtica involución. Creo que no vamos a arreglar nada cargando con más contenidos a los pobres muchachos y muchachas. De hecho, la obsesión con contenidos y materias es la gran tragedia del sistema español. Y con el advenimiento de Internet, este énfasis ha quedado aún más obsoleto. Así que yo, si pudiera elegir y ser ambicioso en las mejoras, no añadiría nuevas asignaturas ni recargaría las existentes con más contenidos ambientales. Estuve acompañando a mis propios hijos durante sus estudios en Primaria y Secundaria, y los libros de texto ya tenían miles de conceptos complejos de ecología y medioambiente. No hacen falta más. Hace falta que los entiendan. Y hay que comenzar por que los entiendan bien los propios profesores.

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Hay que acompañarles en la comprensión de la situación histórica y ambiental en la que estamos. Esto es una formación transversal donde necesitamos a los profesores de matemáticas o de música tanto o más que a los de biología o historia. Como científico, creo que no se inculca con suficiente claridad y decisión el método científico y la actitud crítica. Eso es mucho más importante en la formación de los estudiantes que aprenderse de memoria la tabla periódica de los elementos, la lista de los reyes godos o la lista de preposiciones o el pretérito pluscuamperfecto del verbo correr. Creo que hay que poner patas arriba los planes de estudio. No en el sentido político del término. Ya vemos los efectos devastadores de que los chicos y chicas pasen por dos y hasta tres planes de estudio diferentes durante su paso de infantil a bachillerato. No, yo me refiero a revisar la forma de enseñar y abandonar las peleas por asignaturas y por contenidos. Pero mientras no sea posible, mientras no haya políticos valientes que quieran afrontar este cambio que implica un diálogo profundo y continuo con el personal docente y estar dispuestos a escuchar, revisar y proponer y volver a proponer, tendremos que poner parches. Y esos parches deben contener mayor presencia de temas y conceptos de ecología y medioambiente porque viven y vivirán en un planeta en crisis ambiental y deben entenderlo. Y hay que recuperar a toda costa el placer de aprender, la pasión de entender. El sistema actual mortifica y castiga, penaliza y juzga constantemente a los estudiantes, sometiéndolos a 6 o 7 charlas magistrales de 6 o 7 temas completamente diferentes cada día. Hoy sabemos que ningún adulto, por motivado que esté, puede escuchar con provecho más de dos o tres charlas magistrales al día y no deben durar más de 20 minutos. El resto del tiempo, nuestro cerebro debe correr libre por los conocimientos recién impartidos.


¡ Feliz 2021 !

Nubarrones sobre el acuerdo de París

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Esta entrada ha sido publicada en The Conversation

En París surgió una cierta magia que dio una dimensión histórica a la cumbre del clima número 21. Se fraguó allí, entre otras cosas, el acuerdo que iría a remplazar el protocolo de Kioto cuando expirara en 2020. El 12 de diciembre de este 2020 se ha cumplido el quinto aniversario del Acuerdo de París, un aniversario empañado por unas emisiones de gases con efecto invernadero que siguen creciendo y por una pandemia que ha forzado la cancelación de la cumbre anual número 26, que se celebrará en Glasgow el año que viene. En París se evitó imponer y se animó a que cada país hiciera su mejor propuesta y su análisis más honesto de sus emisiones reales y futuras.

El Acuerdo de París establece un marco global para evitar un cambio climático peligroso. Buscaba mantener el calentamiento global por debajo de los 2 °C e incluso aunar esfuerzos para limitarlo a 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales. También pretendía reforzar la capacidad de los países para hacer frente a los efectos inevitables del cambio climático y estableció mecanismos para apoyarlos en sus esfuerzos.

Un acuerdo internacional

El Acuerdo de París es el primer acuerdo universal y jurídicamente vinculante sobre el cambio climático y fue adoptado en la Conferencia sobre el Clima de París (la vigésimo primera conferencia de las partes o COP21) en diciembre de 2015. La UE y sus Estados miembros se encuentran entre las cerca de 190 Partes del Acuerdo de París. La UE ratificó formalmente el Acuerdo el 5 de octubre de 2016, lo que permitió que entrara en vigor el 4 de noviembre de 2016. Para que el Acuerdo entrara en vigor, al menos 55 países que representasen un mínimo del 55 % de las emisiones mundiales debían depositar sus instrumentos de ratificación. Todos hemos ido siguiendo con satisfacción las ratificaciones del Acuerdo por la inmensa mayoría de los países del mundo, incluyendo los más contaminantes. Pero hemos seguido también, y en este caso con gran preocupación, el cambio de posición y la retirada del Acuerdo del segundo país en volumen de emisiones, Estados Unidos. Con la confirmación de la salida de Donald Trump de la Casa Blanca, el mundo volvió a respirar ilusión sobre las posibilidades de consolidar la senda planteada en el acuerdo de París.

Ventajas del Acuerdo de París

Aunque el nuevo presidente de EE. UU. no lo va a tener nada fácil, y alcanzar el objetivo de París supone un esfuerzo global de dimensiones inmensas, el Acuerdo vale la pena. Son muchos los estudios que muestran los importantes beneficios para la gente, la economía y, por supuesto, el medio ambiente. Fijándonos solo en los mares, en la pesca y en la economía de los países costeros, por ejemplo, la implementación del Acuerdo no podría traer más ventajas. Permitiría proteger millones de toneladas métricas de peces, así como miles de millones de dólares anuales de ingresos de los trabajadores del mar y de los gastos domésticos en productos del mar. El 75 % de los países marítimos se beneficiarían de esta protección y más de un 90 % de esta captura protegida se produciría dentro de las aguas territoriales de países en desarrollo. De hecho, retirarse del acuerdo de París no es solo negativo para alcanzar el Acuerdo y la correspondiente estabilización global del clima, sino que lo es para el país que se retire.

El efecto neto de la retirada del Acuerdo es negativo para todos los países del mundo ya que la pérdida de cobeneficios supera la ganancia en el producto interior bruto. Es decir, que mantenerse en el Acuerdo redunda en el interés de cada país tal como muestra un reciente análisis económico. Además de mejorar la salud de los ecosistemas, el Acuerdo de París supone una garantía para la salud humana. Solo considerando los efectos positivos directos a través de la reducción de la contaminación atmosférica, los beneficios para la salud humana del Acuerdo superan los costos de mitigación para todas las vías tecnológicas, con una relación global favorable entre los beneficios para la salud y los costos de mitigación de entre 1,45 y 2,19. Se mire como se mire, el Acuerdo de París vale la pena.

Beneficios también a corto plazo

Un reciente estudio revela que el objetivo principal del Acuerdo de París de mantener el aumento de la temperatura media mundial en este siglo por debajo de los 2 ℃ tendría efectos beneficiosos no solo a largo plazo. Implementar el Acuerdo reduce el riesgo de tasas de calentamiento sin precedentes en los próximos 20 años en un factor de 13 en comparación con un escenario sin mitigación, incluso después de tener en cuenta la variabilidad interna del sistema climático. Por tanto, la mitigación estricta ofrece beneficios sustanciales también a corto plazo al ofrecer a las sociedades y ecosistemas una mayor oportunidad de adaptarse y evitar los peores impactos del cambio climático. Esto es justo la motivación que nos hace falta ahora para actuar con decisión, ya que no serán solo las generaciones futuras las que se beneficiarán de los recortes rápidos y profundos de las emisiones.

Cambio climático y salud

2020 ha sido un año en el que nuestra salud se ha puesto en el centro de la actualidad mundial por la pandemia de la covid-19. Es precisamente en este 2020, en el que se celebran cinco años del Acuerdo de París, cuando conviene recordar que el cambio climático también mata. Más de una cuarto de millón de personas han muerto este año directamente por el cambio climático, y decenas de millones lo han hecho por causas indirectas relacionadas con él. Solo los muertos por olas de calor han aumentado un 50 % en las últimas dos décadas. El cambio climático no es solamente un factor que trastorna el calendario y hace que el invierno llegue algo más tarde o que a las cigüeñas les dé por no emigrar. El cambio climático es ya la principal amenaza para la salud de los animales y de las plantas de todo el planeta, pero también la de las personas. Sin embargo, no acabamos de tomárnoslo muy en serio porque el cambio climático, a diferencia de las pandemias, no lo percibimos como una amenaza directa y frontal.

En un loable y necesario esfuerzo de optimismo basado en observaciones científicas, las Naciones Unidas señalan que las emisiones de gases de efecto invernadero podrían reducirse un 25 % con la recuperación verde mundial apoyada en las principales medidas para salir de la crisis del coronavirus. Dicho de otro modo, salir de la crisis inducida por la pandemia puede ayudar a cumplir el Acuerdo de París si se hace con esta visión. Igual de optimista se muestra la Unión Europea con la salida de la crisis de la covid-19. Recuperando la seña de identidad europea en materia ambiental y planificando con seriedad y estrategia, la inversión económica poscovid-19 dibuja una línea de esperanza en el futuro.

Lastres para el cumplimiento del Acuerdo

La humanidad cuenta con abundante evidencia científica sobre la necesidad de alcanzar los objetivos del Acuerdo de París y sobre los beneficios que conlleva. Pero la humanidad se enfrenta a la vez a un número sorprendente de contradicciones e inercias que dificultan la puesta en práctica de las medidas necesarias. Europa, la región del planeta más convencida de la oportunidad del Acuerdo y más proactiva en la reducción de emisiones y en la mitigación del cambio climático, es un ejemplo sorprendente de este choque de intereses. Europa se embarca en un Pacto Verde como reacción a la amenaza del cambio climático y la degradación ambiental, y a la vez mantiene en pie el Tratado de la Carta de Energía. Este Tratado es un auténtico contrasentido con el Pacto Verde y un poderoso obstáculo para alcanzar los objetivos de París. El Tratado es incompatible con la transición energética y ecológica que países como España se han propuesto abordar en esta década clave por numerosas y bastante obvias razones. Por ejemplo y en primer lugar, el Tratado sanciona económicamente a los países que quieran cumplir con los propósitos del Acuerdo de París.

Tan inexplicable como ratificar el acuerdo de París y mantener el Tratado de la Carta de Energía es la desconexión europea entre programas y objetivos globales y urgentes en materia de desarrollo sostenible como son el Pacto Verde Europeo y la Política Agraria Común (PAC). Esta estrategia es inexplicable porque mientras el primero se basa en una salida en verde de la actual coyuntura económica, social y ambiental, la PAC da la espalda rotundamente a esta visión y mantiene una agricultura productivista que no prioriza la sostenibilidad, apenas respeta la biodiversidad e ignora los objetivos del Acuerdo de París relativos a la reducción de emisiones.

Estas contradicciones son inexplicables, además, porque ignoran la abundante evidencia científica sobre las estrechas interconexiones entre la producción agroalimentaria y las emisión de gases con efecto invernadero, y en especial sobre los beneficios económicos, ambientales y sociales de favorecer sinergias entre la producción de alimento y la reducción de emisiones. La humanidad se enfrenta en este 2020, que ya termina para alivio de muchos, no solo con la amenaza descomunal de un clima extremo e inestable. La humanidad se enfrenta a un inevitable proceso de maduración interna en el que tendrá ineludiblemente que elegir entre la sostenibilidad o el mantenimiento del modelo socioeconómico que nos ha traído hasta aquí y que tan sombríos escenarios acarrea. Ambas cosas no son compatibles y cuanto antes aclaremos qué queremos realmente, antes podremos avanzar con firmeza hacia un mundo mejor.