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Ana Campos y Equipo Ciencia Crítica

Grave contaminación del aire en Delhi vista desde un edificio alto el día después de Diwali

India y Pakistán llevan semanas sufriendo la peor ola de calor que se recuerda en el subcontinente Indio desde hace más de 100 años, con temperaturas récord que han superado los 46º en Nueva Delhi llegando a rozar los 50º en Jacobabad. El ambiente es tan asfixiante que los pájaros se desploman en el suelo sacudidos por golpes de calor. Según las estadísticas oficiales decenas de personas han muerto, aunque se cree que los números reales podrían ser bastante peores. Y es que el calentamiento global y sus terribles consecuencias no son algo del mañana, sino una realidad que nos azota sin piedad. Un dato para los negacionistas: el Servicio Meteorológico de Reino Unido ha calculado que la probabilidad de que se desencadenen episodios de calor extremo como los que está sufriendo el subcontinente indio ha aumentado en un factor de 100 debido al incremento de la temperatura media global. Una temperatura que, recordemos, seguirá aumentando mientras continuemos emitiendo CO2 y otros gases a la atmósfera – entre los que destaca el metano que se está liberando de forma masiva desde el permafrost y de los fondos oceánicos por efecto del incremento de temperatura, en un escenario de retroalimentación casi apocalíptico.

Según las estadísticas oficiales decenas

de personas han muerto

Casi una de cada seis personas en el planeta vive en el subcontinente indio, una tierra que ha dado a luz a grandes civilizaciones desde la antigüedad, que en breve podría ser inhabitable tanto para humanos como para muchísimas otras especies animales y vegetales. Es necesario recordar que la tasa de mortalidad de árboles se ha disparado por 2 en los bosques tropicales húmedos de Australia y que la “seca”, un fenómeno de elevada incidencia en nuestros bosques mediterráneos, se viene incrementando de forma paulatina a lo largo de las dos últimas décadas en nuestro país. El límite de habitabilidad está muy claramente delimitado por la llamada “temperatura del bulbo húmedo”, una magnitud que combina el valor de la temperatura con la humedad en el ambiente, que tradicionalmente se mide con un termómetro de mercurio cuyo bulbo se envuelve con un paño de algodón empapado en agua, de ahí el nombre. Al rodear el termómetro con el paño su temperatura disminuye conforme el agua del algodón se evapora, hasta que se alcanza una humedad del 100% que es el contenido máximo de humedad (vapor de agua) que puede tener el aire a la temperatura actual, momento en el que se detiene la evaporación. Así, la temperatura del bulbo húmedo mide la temperatura mínima a la que puede enfriarse un cuerpo de manera natural a través de la evaporación. Esta temperatura será tanto mayor cuanto más cálido y húmedo sea el lugar, siendo siempre menor que la “temperatura de bulbo seco” (la temperatura que medimos habitualmente) excepto en condiciones de humedad relativa del 100%, en la que ambas se igualan. Muchos de nosotros hemos tenido experiencias muy desagradables en lugares donde las temperaturas altas se combinan con elevada humedad ambiental.

Vista de aérea de Nueva Delhi con contaminación atmosférica severa y nube tóxica.

La temperatura de bulbo húmedo es un indicador directo de la habitabilidad de un lugar, de ahí que su evolución con el calentamiento global esté recibiendo mucha atención. Según algunos estudios recientes, por encima de 32ºC de temperatura de bulbo húmedo la vida humana comienza a verse comprometida, estando el límite de compatibilidad en unos 35ºC. La razón por la que la vida es tan sensible a esta temperatura es tan simple como aterradora, tal y como explicamos a continuación. En un ambiente cálido nuestro organismo necesita sudar para mantener la temperatura constante, al igual que ocurre con el resto de los animales de sangre caliente. Si las condiciones del medio impiden una sudoración eficiente, lo que comienza a suceder por encima de 32ºC de temperatura de bulbo húmedo, comenzamos literalmente a “asarnos por dentro”. En las regiones que son cálidas y secas las temperaturas elevadas provocan la muerte por insolación, si bien cuentan con la ventaja de que el riesgo puede mitigarse por medio de una hidratación frecuente y buscando refugio a la sombra. Esto es algo que no sirve en los sitios cálidos y húmedos como es el subcontinente indio, pues por mucho que se busque la sombra y se beba agua la imposibilidad de sudar para rebajar la temperatura corporal puede poner a personas y animales en riesgo severo de muerte.
La dislocación del clima lleva azotando al subcontinente indio durante las últimas décadas. Una de sus múltiples consecuencias son los problemas que causa en las cosechas, que se malogran con demasiada frecuencia arrojando a los campesinos a la bancarrota, y de ahí a la desesperación más absoluta como refleja el aumento del índice de suicidios. Esta situación alcanza límites intolerables para esta amplia franja de la población, que supera el 60%, al verse en la necesidad de realizar trabajos al aire libre en condiciones que sencillamente son imposibles. Por hacernos una idea, el ejército estadounidense suspende los entrenamientos físicos al aire libre cuando la temperatura del bulbo húmedo supera los 32ºC, un lujo que los campesinos indios, que están sufriendo estos días temperaturas que superan ese umbral, no pueden permitirse.

Nagpur, Maharashtra, India. El agua de la presa de Veena está seca por la temperatura y condiciones de calor extremo.

Más allá de cualquier otra consideración humanitaria, occidente no puede dar la espalda al drama humano que se está desencadenando en el subcontinente indio al ser uno de los mayores responsables del calentamiento global. Si bien la India es el séptimo país emisor de CO2 (acumulado entre 1850 y 2021), su contribución por habitante es inferior al 4% de la de Canadá o la de Estados Unidos, o un 6% en el caso de Alemania y Reino Unido. Es urgente frenar en seco la deriva suicida que lleva el planeta con medidas mucho más drásticas y contundentes que las que están tomando los grandes líderes mundiales, ocupados en sus guerras geoestratégicas. De hecho, no resulta nada edificante, ni educativo para la población general, escuchar que la Unión Europea va a acelerar su transición energética para “reducir su dependencia de Rusia”, algo que tan sólo puede interpretarse como que el daño irreversible provocado por las emisiones de CO2 es menos crítico o importante que la guerra con Putin. Llegados a este punto no es de extrañar que cada día haya más colectivos de personas que, plenamente conscientes de la situación, se estén viendo abocados a realizar llamadas a la desobediencia civil. Hoy la India nos manda una señal de lo que está por venir, como nos mostró en el pasado la fuerza que tienen los movimientos de desobediencia no violentos cuando se lucha por una causa justa. Como dijo Mahatma Gandhi, “cuando la ley es injusta lo correcto es desobedecer”.

Este artículo fue publicado en Ciencia Crítica de eldiario.es, el día 28 de Mayo de 2022.

Lee el artículo en este link – https://www.eldiario.es/cienciacritica/ensenanzas-climaticas-india_132_9030511.html 

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Fenando Valladares

Ciencia Crítica pretende ser una plataforma para revisar y analizar la Ciencia, su propio funcionamiento, las circunstancias que la hacen posible, la interfaz con la sociedad y los temas históricos o actuales que le plantean desafíos. Escribimos aquí Fernando Valladares, Raquel Pérez Gómez, Joaquín Hortal, Adrián Escudero, Miguel Ángel Rodríguez-Gironés, Luis Santamaría, y Silvia Pérez Espona

Ciencia Crítica pretende ser una plataforma para revisar y analizar la Ciencia, su propio funcionamiento, las circunstancias que la hacen posible, la interfaz con la sociedad y los temas históricos o actuales que le plantean desafíos. Escribimos aquí Fernando Valladares, Raquel Pérez Gómez, Joaquín Hortal, Adrián Escudero, Miguel Ángel Rodríguez-Gironés, Luis Santamaría, y Silvia Pérez Espona