2020 nos ha forzado a una reflexión ambiental profunda

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Este texto está extraído de la entrevista que Miriam Leirós me hizo para El Asombrario y que se publicó el 28 de diciembre de 2021. El texto original se puede ver aquí: https://elasombrario.com/2020-ano-espejo-propias-lagunas/

Global frente a local en la gestión de la crisis ambiental

Llevamos 30 años sobrevalorando la globalidad, la importancia de alcanzar acuerdos globales, desde la Cumbre de Río de 1972, pero la especie humana aún no está bien adaptada para alcanzar una gobernanza global. De hecho, con la pandemia vemos que somos bastante mediocres en gobernanzas nacionales e incluso regionales. Se nos han ido tres décadas cruciales, con avances muy modestos en protección y conservación de la naturaleza y en mitigación del cambio climático. Ahora nos estamos dando cuenta, otra vez, de la importancia de lo local, que es donde realmente sabemos movernos. Y tenemos que avanzar en la coordinación de lo local para que alcancemos respuestas globales. No digo abandonar cumbres planetarias del clima o de la biodiversidad, ni estrategias ni acuerdos internacionales. Son imprescindibles. Pero son insuficientes y van demasiado despacio. Digo que hay que moverse a más ritmo, y esa velocidad mayor hoy por hoy solo podemos alcanzarla en agendas locales. Coordinadas, pero locales. Por ahí irían mis medidas urgentes. Por coordinar lo que ya se hace a nivel local. Por sacar partido y por poner en el punto de mira de la motivación la acción local. Por sentirnos todos más útiles en esta batalla global contra enemigos que hemos creado nosotros, pero que no vemos hasta que nos golpean en forma de pandemias, huracanes o mares repletos de plásticos.

Consejos ambientales, recetas, información científica…

La verdad es que me encanta el desafío de darle vueltas a las cosas para contarlas de otra forma, más intuitiva, más didáctica, más breve… Me desayuno cada día con un artículo científico o dos que me llevan un rato desmenuzar, desmontar, elegir las piezas esenciales, buscar nuevas palabras y reconstruirlos en un tuit o en una infografía para Instagram. Me obliga a entenderlo muy bien y me desafía a la hora de la economía de términos y conceptos. Quiero pensar que todo el mundo disfruta entendiendo las cosas. Y si se lo ponemos fácil a la gente para que entienda bien los problemas que subyacen a las crisis que sufrimos, logramos que disfruten aprendiendo, pero también les damos herramientas para ser parte del cambio. ¡Un auténtico dos en uno!

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Extraído del calendario para 2021 de Mar Ferrero, lleno de consejos practicos y presentados de forma clara y entrañable. Lo puedes descargar aquí: http://marferrero.com/?p=512 

La sociedad tiene mucho que hacer. Lo podemos ver como un peso que recae sobre sus hombros o como un desafío o incluso como una oportunidad de hacer historia. El papel de la sociedad ahora es clave, insustituible y urgente. La sociedad ya hace mucho entendiendo y queriendo entender. Conexiones, prioridades, mecanismos, procesos. Lo que nos está ocurriendo es complejo. Necesitamos una sociedad que quiera entenderlo, que yo creo que con eso podemos contar, y también una sociedad que pueda entenderlo, y en eso hay bastante en lo que podemos ayudar los científicos, los docentes y los profesionales de la comunicación. Cuando la sociedad vaya entendiendo qué pasa y por qué pasa, ya irá viendo las cosas concretas por las que hay que ir empezando. No soy partidario de dar listas de cosas que hacer. Creo que hay que ayudar a que cada uno las hagamos personalmente. Dar una lista es como un profesor que ponga ejercicios a los chicos y chicas para que aprendan y se los dé ya resueltos, con la solución y los pasos a seguir y toda la información necesaria. Eso resta participación y se aprende menos que si uno se esfuerza en entender, elabora su lista y luego la contrasta con otras listas y la mejora.

Trabajando ante la frustración

Hace tiempo, cuando me propuse cambiar el mundo, me preparé para la frustración porque sabía que sería cuando menos improbable que lograra cambiarlo, al menos en cosa de unos pocos años. Una fórmula que me ha dado resultados excelentes es hacer las cosas por coherencia interna. Por el simple hecho de que hay que hacerlas. Cuando te ves haciendo algo porque crees que hay que hacerlo, eres inmune a la frustración. Cuando haces las cosas pensando solo en conseguir objetivos, pones tu felicidad y tu motivación en las manos de otros. Y eso te expone innecesariamente. Por eso creo que el excesivo énfasis en lograr objetivos en el caso de muchas empresas y del propio sistema social e incluso el sistema docente, durante la formación de las nuevas generaciones, genera gente frustrada o insatisfecha. Por supuesto que hay que ponerse objetivos, pero no cegarnos con ellos. Poner el foco en el centro de gravedad de uno mismo, revisar que uno hace lo que debe hacer, genera satisifacción y estabilidad emocional.

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Pero es evidente que me frustra que no se alcancen los cambios que propongo; bueno, cambios que proponemos muchos, en general la comunidad científica y mucha gente bien informada y mejor intencionada que hay en el planeta. Estar todo el día rodeado de malas noticias y de equivocaciones, decisiones egoístas y cortoplacistas que estropean la labor colectiva de años o siglos entristece cuando menos. Pero seguir cada día revisando información que merece ser contada me entretiene y me recarga de motivación. Salir de la frustración requiere terapia y esfuerzo. De momento me voy bastando yo mismo, con mi familia, amigos y colegas más cercanos para neutralizar los malos ratos y las dudas. Y por cada negacionista o por cada hatter o troll hay cinco buenas personas que te alegran el día.

Migrantes climáticos, injusticia, desigualdad… pero a pesar de ello hay luz al final del túnel

Estoy totalmente de acuerdo contigo en esa tremenda injusticia múltiple que cometemos con los migrantes climáticos. Normalmente viven en países que apenas han contribuido a la emisión de gases de efecto invernadero, pero el cambio climático les obliga a abandonar lo que más quieren: su país y su familia y amigos. Y luego no los aceptamos, les ponemos vallas y todo tipo de obstáculos legales. Y a los que logran pasarlos todos, les regalamos una horrible discriminación social. Es increíble. Cuando empecé a hablar de migrantes climáticos en mis charlas de cambio climático hace 15 años me decían de todo. Desde que ideologizo o politizo mi mensaje hasta que no estaba demostrada ninguna conexión con el clima. El tiempo, por desgracia, ha ido poniendo las cosas en su sitio y no andaba yo muy desencaminado.

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Cada día busco formas nuevas de provocar reacciones en la sociedad ante la injusticia y ante los problemas medioambientales. La pandemia nos ha dado todo un repertorio de argumentos, principalmente relacionados con la salud. Cuando puse el nombre de La salud de la Humanidad a mis canales en YouTube o Instagram, muchos pensaron que era exagerado. Luego vino la pandemia y con artículos científicos en la mano vimos que de lo que estamos hablando es de la salud de la humanidad cuando hablamos del cambio climático y del origen de las pandemias, y que la salud de la humanidad y la de los ecosistemas están estrechamente vinculadas porque se rigen por los mismos principios y se necesitan mutuamente. Hablar de eso no es catastrófico ni apocalíptico. Es como hablar con tu médico si tienes un problema de diabetes o de cáncer o de lo que sea. Es grave. Hay conocimiento. Hay opciones. Pero hay que ponerse serios. Creo que se puede hablar de cambio climático y de crisis ambiental y de riesgo de pandemias poniéndose serios pero sin caer en el catastrofismo. Y hay luz al final del túnel. Hay opciones, requieren esfuerzo, pero las hay. Y tenemos mucho que ganar en el proceso.


La clave está en la educación, sobre todo en la de los más jóvenes

El sistema educativo de nuestro país tiene muchas asignaturas pendientes. Yo no soy ningún experto, pero leemos las estadísticas de nuestros chicos y chicas, les oímos sus reflexiones, vemos a los que tienen ocasión de conocer los sistemas de otros países anglosajones, del norte de Europa o incluso de Asia… hay muchas cosas que cambiar y modernizar. La grandísima paradoja es que España fue líder mundial en su modelo docente de principios del siglo XX, para caer a la cola del mundo a finales del mismo siglo. Una auténtica involución. Creo que no vamos a arreglar nada cargando con más contenidos a los pobres muchachos y muchachas. De hecho, la obsesión con contenidos y materias es la gran tragedia del sistema español. Y con el advenimiento de Internet, este énfasis ha quedado aún más obsoleto. Así que yo, si pudiera elegir y ser ambicioso en las mejoras, no añadiría nuevas asignaturas ni recargaría las existentes con más contenidos ambientales. Estuve acompañando a mis propios hijos durante sus estudios en Primaria y Secundaria, y los libros de texto ya tenían miles de conceptos complejos de ecología y medioambiente. No hacen falta más. Hace falta que los entiendan. Y hay que comenzar por que los entiendan bien los propios profesores.

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Hay que acompañarles en la comprensión de la situación histórica y ambiental en la que estamos. Esto es una formación transversal donde necesitamos a los profesores de matemáticas o de música tanto o más que a los de biología o historia. Como científico, creo que no se inculca con suficiente claridad y decisión el método científico y la actitud crítica. Eso es mucho más importante en la formación de los estudiantes que aprenderse de memoria la tabla periódica de los elementos, la lista de los reyes godos o la lista de preposiciones o el pretérito pluscuamperfecto del verbo correr. Creo que hay que poner patas arriba los planes de estudio. No en el sentido político del término. Ya vemos los efectos devastadores de que los chicos y chicas pasen por dos y hasta tres planes de estudio diferentes durante su paso de infantil a bachillerato. No, yo me refiero a revisar la forma de enseñar y abandonar las peleas por asignaturas y por contenidos. Pero mientras no sea posible, mientras no haya políticos valientes que quieran afrontar este cambio que implica un diálogo profundo y continuo con el personal docente y estar dispuestos a escuchar, revisar y proponer y volver a proponer, tendremos que poner parches. Y esos parches deben contener mayor presencia de temas y conceptos de ecología y medioambiente porque viven y vivirán en un planeta en crisis ambiental y deben entenderlo. Y hay que recuperar a toda costa el placer de aprender, la pasión de entender. El sistema actual mortifica y castiga, penaliza y juzga constantemente a los estudiantes, sometiéndolos a 6 o 7 charlas magistrales de 6 o 7 temas completamente diferentes cada día. Hoy sabemos que ningún adulto, por motivado que esté, puede escuchar con provecho más de dos o tres charlas magistrales al día y no deben durar más de 20 minutos. El resto del tiempo, nuestro cerebro debe correr libre por los conocimientos recién impartidos.


¡ Feliz 2021 !

En que consiste la nueva vacuna mundial

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Este texto está extraído del artículo “Las revolucionarias y seguras vacunas de ARN” escrito por Raquel Pérez Gómez en colaboración con Miguel Ángel Rodríguez-Gironés, Joaquín Hortal y Fernando Valladares, publicado el 21 de diciembre de 2020 en la sección de Ciencia Crítica de eldiario.es (https://www.eldiario.es/cienciacritica/revolucionarias-seguras-vacunas-arn_132_6516806.html)

Nunca antes en la historia de la ciencia se han desarrollado simultáneamente tantas vacunas diferentes contra el mismo patógeno como ante al SARS-CoV-2. Hasta el momento son unos 120 prototipos, desde una diversidad de enfoques y estrategias enorme. Es probablemente esto lo que ha propiciado el desarrollo de un nuevo tipo de vacunas, las de ARN mensajero (ARNm), que han llevado a cabo en paralelo dos compañías: Pfizer y Moderna. Una vacuna es un medicamento cuya acción consiste en enseñar al organismo una muestra procedente del virus o bacteria contra el que queremos defendernos (llamada antígeno), lo cual provoca una respuesta del sistema inmune de forma que pueda reconocer al patógeno en caso de una infección activa y eliminarlo o, al menos, atenuar el avance de la enfermedad o generando sólo una patología leve. Las vacunas clásicas consisten en la inyección de un patógeno (virus o bacteria) debilitado, atenuado o inactivado, esto es, incapaz de infectar o sin capacidad para provocar una infección severa. La vacuna más antigua que existe fue desarrollada por un proceso llamado variolización, para la prevención de la viruela. Este proceso consistía en recolectar costras de enfermos, u otros restos de una viruela en curso, y administrar pequeñas cantidades de forma subcutánea a un sujeto sano que no hubiera padecido la enfermedad. Esto provocaba la reacción del sistema inmune contra esos agentes que se identificaban como ajenos al organismo y la generación de defensas específicas contra ellos. Pese a que este método no estaba exento de riesgos, sentó las bases de lo que más tarde sería el desarrollo de las vacunas modernas.

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Dentro de las vacunas de virus debilitados o atenuados encontramos la del sarampión, las paperas y la rubéola. Entre las “vacunas muertas” (con el patógeno inactivado), que se hacen con fragmentos tomados de un virus o bacteria, se encuentra, por ejemplo, la de la tos ferina. En cuanto a las vacunas contra la gripe las hay de ambos tipos. En las vacunas sintéticas se genera de forma artificial una proteína del agente infeccioso; es lo que ocurre con la de la hepatitis B. Algunas bacterias actúan contra el organismo produciendo toxinas, como ocurre con el tétanos o la difteria. En ese caso podemos enseñar al organismo a reconocer dichas toxinas en forma atenuada (toxoides). Si bien estas vacunas no entrenan al organismo para eliminar al patógeno, impiden la acción dañina de sus toxinas y, por tanto, el desarrollo de la enfermedad.

Así funciona la vacuna de Pfizer contra el Covid - El Independiente

En los últimos años se ha ensayado un nuevo concepto de vacuna, las vacunas de ARN mensajero (ARNm), moléculas que contienen la información necesaria para traducirse a proteínas. Se ha tratado de desarrollar una vacuna de este tipo contra virus como el del sida (VIH) o el del herpes simple, aunque no han funcionado todavía. Las vacunas de ARNm se están ensayando también contra la gripe, con buenas perspectivas, pero su desarrollo está siendo relativamente lento. Incluso se está intentando desarrollar un sistema similar para inducir al sistema inmune a destruir específicamente células tumorales en pacientes con cáncer. Sin embargo, ninguno de los intentos previos de usar vacunas ARNm ha tenido un éxito tan aplastante como, en principio, sí está teniendo y parece que va a tener este tipo de vacunas en la lucha contra el coronavirus. Si bien hay virus contra los que fue relativamente sencillo desarrollar vacunas, como en el caso de las paperas o el sarampión, hay otros virus que se resisten, como en el del VIH. Con el coronavirus, la situación es bastante favorable para la generación de una vacuna eficaz. Además, hay virus que son tan variables que requieren cambiar de vacuna cada año, como es el conocido caso de la gripe. Y parece que también hemos tenido suerte en esto, ya que el SARS-CoV-2 parece no mutar demasiado. Lo que está claro es que la urgencia global por desarrollar un remedio contra la Covid-19 ha proporcionado los niveles de inversión necesarios para alcanzar, en tiempo record, unos avances que eran muy prometedores pero requerían un potente desarrollo científico y tecnológico.

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El modo de acción de estas vacunas consiste en introducir en el organismo las instrucciones, en forma de moléculas de ARNm, para que nuestro propio cuerpo genere copias de una proteína del patógeno. A pesar de ser producida por células propias, la proteína del patógeno (vírica en este caso) es reconocida como un agente extraño (llamado antígeno). Este reconocimiento estimula la producción de defensas específicas contra él, los conocidos anticuerpos, y así el antígeno será eliminado del organismo. Durante este proceso de reconocer una proteína vírica, que en realidad hemos sintetizado nosotros mismos, el organismo generará memoria inmune contra ella. Cuando el virus entre en el organismo, el sistema inmune reconocerá esa proteína que ya reconoció en su momento como agente extraño y atacará al virus que la porta, interfiriendo su infección y eliminando al virus sin necesidad de haber entrado en contacto directo previamente con él. En caso del SARS-CoV-2, el ARNm con el que se trabaja es el que genera la proteína Spike (Figura 1), presente en la superficie del coronavirus y que es responsable de la entrada del virus a nuestras células y de su fuerte infecciosidad.

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Figura 1: recreación de un virus SARS-CoV-2. En rojo la proteína Spike.

Fuente: Centers for Disease Control and Prevention’s Public Health Image Library.

Aunque contado así pueda sonar lógico e incluso sencillo, los detalles este proceso presentan enormes dificultades técnicas. En primer lugar, el ARNm es una molécula tremendamente lábil y se degrada con gran facilidad. Hay unas enzimas llamadas ribonucleasas (o RNasas) presentes en todas partes (en el aire, en nuestro aliento, nuestra piel, en cualquier bacteria) que degradan el ARN a toda velocidad. A temperatura ambiente el ARNm se degrada con rapidez. La única manera de mantener íntegro el ARNm es preservarlo en esterilidad total y a temperaturas muy bajas, a las que las ribonucleasas no actúan. También se pueden emplear ciertos productos que favorecen la estabilidad del ARNm. En el laboratorio, el ARN se conserva a -80ºC. Es por ello que la vacuna contra la Covid-19 de Pfizer necesita almacenarse en ultracongeladores que puedan mantener esas temperaturas tan bajas. Por supuesto habrá estrategias y reactivos que favorezcan la estabilidad del ARNm a temperaturas más altas, y ese es precisamente uno de los puntos limitantes en el desarrollo de una vacuna de ARN. De hecho, Moderna ha conseguido que su vacuna se pueda conservar a -20ºC, aparentemente triplicando la concentración de ARNm, de manera que si se degrada una parte aún seguirá conteniendo suficientes moléculas íntegras como para funcionar. Aunque esto encarece su producción y su comercialización, facilita su manejo y distribución posterior. Una vez descongeladas, ambas vacunas resisten un tiempo limitado y concreto.

La segunda dificultad técnica es la de hacer llegar ese ARNm al interior de las células en una inyección intramuscular sin que sea eliminado antes por nuestro sistema inmune. Hay que lograr que se introduzca en las células y alcance la región del citoplasma donde pueda traducirse a proteínas, es decir, que alcance los ribosomas, y eso no es nada sencillo. Esta dificultad parece haberse solventado realizando una serie de sofisticadas modificaciones de las cadenas de ARNm e introduciendo las moléculas resultantes en nanopartículas de grasa, que favorecen su llegada y liberación en el interior de las células. Aquí es necesario aclarar rotundamente que el ARNm presente en las vacunas no viaja del citoplasma de la célula al núcleo, donde se encuentra el ADN, es traducido a proteína en los ribosomas y degradado inmediatamente. Es por ello que no existe posibilidad alguna de que modifique nuestro genoma. El flujo natural del ARNm es siempre del núcleo al citoplasma, no al revés. En otras palabras: la vacuna no puede “hacernos transgénicos” ni modificar nuestro ADN. Al igual que el resto de ARNm endógenos, o generados por nuestras células, una vez ha cumplido su cometido y generado una cantidad determinada de proteína Spike, es eliminado.

Visión panorámica del sistema inmune | Revista Médica Clínica Las Condes

Para determinar si una vacuna es eficiente se evalúa la respuesta inmune generada en los participantes en el ensayo mediante diferentes métodos. Ambas vacunas (Pfizer y Moderna) parecen generar inmunidad en las personas participantes en el ensayo de fase III con una eficacia superior al 90% (ver aquí y aquí). Esto indica que, independientemente de las distintas estrategias seguidas por las dos compañías, la vacuna de ARNm genera una respuesta inmune específica y eficaz contra este patógeno en particular. No obstante, para alcanzar ese nivel de efectividad es necesario realizar dos inyecciones separadas por 3-4 semanas y esperar unos días más para que completen su efecto. Es llegado ese momento cuando se puede decir que se ha alcanzado la inmunidad. En cuanto a un aspecto tan importante como la duración de esa inmunidad en el tiempo poco se puede decir con tan sólo unos meses de ensayos clínicos. Sólo nos queda esperar y ver, pero, aunque la inmunidad individual dure sólo unos pocos meses, ya tendría unos efectos muy favorables para reducir drásticamente los contagios y la expansión del virus a nivel poblacional y colectivo.

La Agencia Europea del Medicamento (EMA) y la Farmacogenética - Medicina  personalizada Genómica

La principal ventaja de este tipo de vacunas es la rapidez con la que pueden producirse, ya que sólo necesitamos conocer la secuencia de ARN o ADN del patógeno en cuestión. Además, prometen ser incluso más seguras que las vacunas clásicas. En lugar de producir las proteínas de forma sintética e inyectarlas en los individuos o desarrollar e inocular virus atenuados, inyectamos directamente un ARNm, que es más fácil y barato de producir, y son las personas vacunadas las que producen la proteína del patógeno que inducirá la respuesta inmune. Se acelera de este modo enormemente el proceso, además de disminuir el riesgo de que la vacuna tenga efectos secundarios importantes. Esto es un hito en la historia del desarrollo de vacunas y abre la puerta a la posibilidad de enfrentarse a otras enfermedades de forma mucho más rápida y eficiente en el futuro. Lo cual equivale a encarar mucho mejor las pandemias que están por venir. Ni más, ni menos.

Comunicando el estado del planeta

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Para explicar como están las cosas no basta con estudiar y comprender datos y artículos científicos. Hay que acoplarse a los profesionales de la comunicación, aprender de ellos y, a ser posible, trabajar con ellos. Eso estamos haciendo en La 2, en un pequeño rinconcito de RTVE donde cada quince días contamos en 3 o 4 minutos lo que sabemos del estado de la naturaleza y de los riesgos para nuestra salud y bienestar de todo lo que le hacemos al medio ambiente.

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El pasado viernes grabamos dos piezas, una sobre los impactos del cambio climático y otra sobre los nuevos incendios de grandes dimensiones. Para situarnos en los impactos del cambio climáticos fuimos al melojar de la fuente del Cura, en Miraflores de la Sierra, y para hablar de incendios subimos al puerto de Morcuera donde hubo un gran incendio en verano de 2019.

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Uno de los efectos más palpables del cambio climático es la estacionalidad cambiada. El invierno y el verano ya no empiezan ni acaban cuando solían hacerlo.

De la anécdota del cambio en el momento de floración de algunas plantas (como la floración de los almendros, todo un acontecimiento nacional en Japón) o de la llegada de golondrinas o de la eclosión de las mariposas se pasa a efectos ecológicos en cascada que dejan funciones sin realizar. La polinización, por ejemplo, requiere de la sincronización entre la producción de flores y la presencia de los insectos. Como cada organismo responde de forma distinta al cambio en el clima, se pierde la sincronización y con ello la función asociada.

La estacionalidad cambiada afecta a mas cosas de las que pensamos, muchas con importantes implicaciones económicas y sociales. Por ejemplo, afecta a la programación de las cosechas y de las recolecciones, al inicio, finalización y duración de la temporada de incendios, y al calendario de enfermedades como la gripe.

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Los incendios resultan de la combinación de varios factores. Entre ellos el cambio climático y la acumulación de combustible (material vegetal seco) y las nuevas condiciones sociales juegan un papel crucial al hacerlos mas frecuentes e intensos. Heredamos unos bosques que muchos no están ya en equilibrio con las nuevas condiciones ambientales y sociales. Bosques por ejemplo de pinos y eucaliptos, altamente inflamables, que se plantaron hace décadas cuando se daban al menos cuatro circunstancias muy diferentes a la actualidad : 1) una visión de la gestión forestal fundamentalmente productivista (más madera), 2) un conocimiento limitado de la ecología del fuego, 3) un clima menos cálido y extremo, 4) una diferente presencia humana, mayor en las zonas rurales de regiones templadas, y menor en zonas tropicales. Por estas cuatro razones, los incendios están resultando muy diferentes a los incendios que teníamos hace apenas medio siglo.

Nubarrones sobre el acuerdo de París

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Esta entrada ha sido publicada en The Conversation

En París surgió una cierta magia que dio una dimensión histórica a la cumbre del clima número 21. Se fraguó allí, entre otras cosas, el acuerdo que iría a remplazar el protocolo de Kioto cuando expirara en 2020. El 12 de diciembre de este 2020 se ha cumplido el quinto aniversario del Acuerdo de París, un aniversario empañado por unas emisiones de gases con efecto invernadero que siguen creciendo y por una pandemia que ha forzado la cancelación de la cumbre anual número 26, que se celebrará en Glasgow el año que viene. En París se evitó imponer y se animó a que cada país hiciera su mejor propuesta y su análisis más honesto de sus emisiones reales y futuras.

El Acuerdo de París establece un marco global para evitar un cambio climático peligroso. Buscaba mantener el calentamiento global por debajo de los 2 °C e incluso aunar esfuerzos para limitarlo a 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales. También pretendía reforzar la capacidad de los países para hacer frente a los efectos inevitables del cambio climático y estableció mecanismos para apoyarlos en sus esfuerzos.

Un acuerdo internacional

El Acuerdo de París es el primer acuerdo universal y jurídicamente vinculante sobre el cambio climático y fue adoptado en la Conferencia sobre el Clima de París (la vigésimo primera conferencia de las partes o COP21) en diciembre de 2015. La UE y sus Estados miembros se encuentran entre las cerca de 190 Partes del Acuerdo de París. La UE ratificó formalmente el Acuerdo el 5 de octubre de 2016, lo que permitió que entrara en vigor el 4 de noviembre de 2016. Para que el Acuerdo entrara en vigor, al menos 55 países que representasen un mínimo del 55 % de las emisiones mundiales debían depositar sus instrumentos de ratificación. Todos hemos ido siguiendo con satisfacción las ratificaciones del Acuerdo por la inmensa mayoría de los países del mundo, incluyendo los más contaminantes. Pero hemos seguido también, y en este caso con gran preocupación, el cambio de posición y la retirada del Acuerdo del segundo país en volumen de emisiones, Estados Unidos. Con la confirmación de la salida de Donald Trump de la Casa Blanca, el mundo volvió a respirar ilusión sobre las posibilidades de consolidar la senda planteada en el acuerdo de París.

Ventajas del Acuerdo de París

Aunque el nuevo presidente de EE. UU. no lo va a tener nada fácil, y alcanzar el objetivo de París supone un esfuerzo global de dimensiones inmensas, el Acuerdo vale la pena. Son muchos los estudios que muestran los importantes beneficios para la gente, la economía y, por supuesto, el medio ambiente. Fijándonos solo en los mares, en la pesca y en la economía de los países costeros, por ejemplo, la implementación del Acuerdo no podría traer más ventajas. Permitiría proteger millones de toneladas métricas de peces, así como miles de millones de dólares anuales de ingresos de los trabajadores del mar y de los gastos domésticos en productos del mar. El 75 % de los países marítimos se beneficiarían de esta protección y más de un 90 % de esta captura protegida se produciría dentro de las aguas territoriales de países en desarrollo. De hecho, retirarse del acuerdo de París no es solo negativo para alcanzar el Acuerdo y la correspondiente estabilización global del clima, sino que lo es para el país que se retire.

El efecto neto de la retirada del Acuerdo es negativo para todos los países del mundo ya que la pérdida de cobeneficios supera la ganancia en el producto interior bruto. Es decir, que mantenerse en el Acuerdo redunda en el interés de cada país tal como muestra un reciente análisis económico. Además de mejorar la salud de los ecosistemas, el Acuerdo de París supone una garantía para la salud humana. Solo considerando los efectos positivos directos a través de la reducción de la contaminación atmosférica, los beneficios para la salud humana del Acuerdo superan los costos de mitigación para todas las vías tecnológicas, con una relación global favorable entre los beneficios para la salud y los costos de mitigación de entre 1,45 y 2,19. Se mire como se mire, el Acuerdo de París vale la pena.

Beneficios también a corto plazo

Un reciente estudio revela que el objetivo principal del Acuerdo de París de mantener el aumento de la temperatura media mundial en este siglo por debajo de los 2 ℃ tendría efectos beneficiosos no solo a largo plazo. Implementar el Acuerdo reduce el riesgo de tasas de calentamiento sin precedentes en los próximos 20 años en un factor de 13 en comparación con un escenario sin mitigación, incluso después de tener en cuenta la variabilidad interna del sistema climático. Por tanto, la mitigación estricta ofrece beneficios sustanciales también a corto plazo al ofrecer a las sociedades y ecosistemas una mayor oportunidad de adaptarse y evitar los peores impactos del cambio climático. Esto es justo la motivación que nos hace falta ahora para actuar con decisión, ya que no serán solo las generaciones futuras las que se beneficiarán de los recortes rápidos y profundos de las emisiones.

Cambio climático y salud

2020 ha sido un año en el que nuestra salud se ha puesto en el centro de la actualidad mundial por la pandemia de la covid-19. Es precisamente en este 2020, en el que se celebran cinco años del Acuerdo de París, cuando conviene recordar que el cambio climático también mata. Más de una cuarto de millón de personas han muerto este año directamente por el cambio climático, y decenas de millones lo han hecho por causas indirectas relacionadas con él. Solo los muertos por olas de calor han aumentado un 50 % en las últimas dos décadas. El cambio climático no es solamente un factor que trastorna el calendario y hace que el invierno llegue algo más tarde o que a las cigüeñas les dé por no emigrar. El cambio climático es ya la principal amenaza para la salud de los animales y de las plantas de todo el planeta, pero también la de las personas. Sin embargo, no acabamos de tomárnoslo muy en serio porque el cambio climático, a diferencia de las pandemias, no lo percibimos como una amenaza directa y frontal.

En un loable y necesario esfuerzo de optimismo basado en observaciones científicas, las Naciones Unidas señalan que las emisiones de gases de efecto invernadero podrían reducirse un 25 % con la recuperación verde mundial apoyada en las principales medidas para salir de la crisis del coronavirus. Dicho de otro modo, salir de la crisis inducida por la pandemia puede ayudar a cumplir el Acuerdo de París si se hace con esta visión. Igual de optimista se muestra la Unión Europea con la salida de la crisis de la covid-19. Recuperando la seña de identidad europea en materia ambiental y planificando con seriedad y estrategia, la inversión económica poscovid-19 dibuja una línea de esperanza en el futuro.

Lastres para el cumplimiento del Acuerdo

La humanidad cuenta con abundante evidencia científica sobre la necesidad de alcanzar los objetivos del Acuerdo de París y sobre los beneficios que conlleva. Pero la humanidad se enfrenta a la vez a un número sorprendente de contradicciones e inercias que dificultan la puesta en práctica de las medidas necesarias. Europa, la región del planeta más convencida de la oportunidad del Acuerdo y más proactiva en la reducción de emisiones y en la mitigación del cambio climático, es un ejemplo sorprendente de este choque de intereses. Europa se embarca en un Pacto Verde como reacción a la amenaza del cambio climático y la degradación ambiental, y a la vez mantiene en pie el Tratado de la Carta de Energía. Este Tratado es un auténtico contrasentido con el Pacto Verde y un poderoso obstáculo para alcanzar los objetivos de París. El Tratado es incompatible con la transición energética y ecológica que países como España se han propuesto abordar en esta década clave por numerosas y bastante obvias razones. Por ejemplo y en primer lugar, el Tratado sanciona económicamente a los países que quieran cumplir con los propósitos del Acuerdo de París.

Tan inexplicable como ratificar el acuerdo de París y mantener el Tratado de la Carta de Energía es la desconexión europea entre programas y objetivos globales y urgentes en materia de desarrollo sostenible como son el Pacto Verde Europeo y la Política Agraria Común (PAC). Esta estrategia es inexplicable porque mientras el primero se basa en una salida en verde de la actual coyuntura económica, social y ambiental, la PAC da la espalda rotundamente a esta visión y mantiene una agricultura productivista que no prioriza la sostenibilidad, apenas respeta la biodiversidad e ignora los objetivos del Acuerdo de París relativos a la reducción de emisiones.

Estas contradicciones son inexplicables, además, porque ignoran la abundante evidencia científica sobre las estrechas interconexiones entre la producción agroalimentaria y las emisión de gases con efecto invernadero, y en especial sobre los beneficios económicos, ambientales y sociales de favorecer sinergias entre la producción de alimento y la reducción de emisiones. La humanidad se enfrenta en este 2020, que ya termina para alivio de muchos, no solo con la amenaza descomunal de un clima extremo e inestable. La humanidad se enfrenta a un inevitable proceso de maduración interna en el que tendrá ineludiblemente que elegir entre la sostenibilidad o el mantenimiento del modelo socioeconómico que nos ha traído hasta aquí y que tan sombríos escenarios acarrea. Ambas cosas no son compatibles y cuanto antes aclaremos qué queremos realmente, antes podremos avanzar con firmeza hacia un mundo mejor.

En busca de un lenguaje y de una narrativa del cambio climático

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Fotograma de la serie de docu-ficción de cambio climático “Porvenir”. Desayuno de tres científicos Maria José Sanz, Pedro Jordano y Fernando Valladares)


Llevamos tres décadas sufriendo los impactos del cambio climático, estudiándolo, explicándolo… pero algo falla… o no lo entendemos o no nos lo acabamos de tomar muy en serio… hace falta una nueva narrativa del cambio climático… más humana, más cercana… y a la vez ligada a la evidencia científica. Nos embarcamos esta vez en un experimento creativo de comunicación y cine. Lo hacemos de la mano de grandes profesionales, con un reparto de lujo formado por Roberto Álamo, Marián Álvarez, Víctor Clavijo y Stephanie Gil. Guiado por Iñaki Gabilondo, producido por la Caña Brothers bajo la dirección de Alfonso Cortés-Cavanillas y con el soporte de Cristina Nieto. Una mini serie de docu-ficción. Un relato combinado con un documental. Tres capítulos, una trama, y una realidad estremecedora, la del cambio climático. Vivida por tres hermanos, debatida por tres científicos, participada por numerosos técnicos y científicos. Un guion entreverado de información y datos científicos para acercar una realidad que parece lejana y no lo es.

¿Será el cambio de narrativa que nos hace falta?

Encontrar el lenguaje apropiado para explicar el cambio climático y para impulsar el imprescindible cambio social que conlleva su mitigación no es tarea fácil. Maxwell Boykoff, autor de libros como Creative Climate Communications o Who speaks for climate? ,  sostiene que “en ocasiones, al elegir términos como <desafíos climáticos> y <crisis climática>, puede que nuestros sinceros esfuerzos para facilitar el compromiso público con el cambio climático acaben construyendo más muros que puentes”. Las conversaciones sobre el cambio climático en la interfaz ciencia-política y en nuestras vidas cotidianas se encuentran en punto muerto. Las ciencias sociales y las humanidades están en una buena posición para tomar el testigo de las ciencias duras del clima y de sus impactos para establecer conexiones de manera más efectiva a través de problemas, personas y cosas que preocupan a los ciudadanos comunes. No hay algo parecido a una una «solución milagrosa» para las comunicaciones sobre el cambio climático. Es más bien un portfolio de distintos enfoques complementarios el que hace falta para que las estrategias lleguen eficazmente a diferentes públicos en diferentes contextos. Esta táctica puede mejorar significativamente los esfuerzos que buscan respuestas significativas, sustantivas y sostenidas a los desafíos climáticos contemporáneos. También puede ayudar a recuperar un terreno común o intermedio sobre el cambio climático en el ámbito público.

En un elocuente escrito, Jose María Montero reflexiona sobre el lenguaje y la aproximación social necesaria para acercar el desafío climático a la gente. Montero destaca como el sociólogo y matemático noruego Johan Galtung  defiende que ante escenarios tan complejos hay que desarrollar una comunicación democrática, conciliadora y creativa. No se trata de convencer, se trata de escuchar a todas las partes para entenderlas, y hay que añadir “mucha creatividad para tender puentes entre objetivos legítimos, porque todas las partes tienen, como mínimo, un objetivo legítimo

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